Donald Trump ha llevado a todos de la risa a la preocupación desde su regreso a la presidencia de Estados Unidos. Y una de las ocurrencias que han chocado más, sobre todo en nuestra nación, es la de cambiar el nombre al Golfo de México.
¿Por qué lo hace? Porque puede y porque lo desea; es un rasgo patente en los acaudalados, que gustan de remover o quitar lo que les disgusta. El nombre de México le ha de parecer inferior o desagradable, aunque no lo diga; quizás lo dio a entender cuando anunció su intención de llamarlo Golfo de América, nombre que, según él, “tiene un sonido hermoso… y es apropiado”.
Empresas como Google, Apple y Microsoft han comenzado a designar así a esta zona marina, a lo que muchos mexicanos reaccionaron con tristeza. Sin embargo, pronto se recuperaron; el resto del mundo ignoró a los yanquis y mantuvo el nombre de Golfo de México en documentos y comunicados. El Bureau Hidrográfico Internacional (BHI), responsable de fijar la nomenclatura de mares y océanos, ni siquiera se interesó en el tema. Hay un nuevo golfo, sin duda, pero únicamente a los ojos de Trump y los suyos.
El episodio demuestra lo fácil que es perder un lugar o un patrimonio histórico por el capricho de un poderoso, y del error de creer que todos coinciden con nuestros valores y costumbres. Basta con un empresario y una minoría obediente para desarreglar el orden conocido.
Las costumbres de Trump, malas por cierto, son el chovinismo y la xenofobia; su sueño, escribir el nombre de América en cualquier superficie de agua o tierra, incluso sobre Canadá. Conservadores como él miran con desdén aquello que sea diferente a sus creencias, a su historia y, en los peores casos, a su raza. En el conservadurismo las jerarquías guían las acciones y caen a menudo en lo cómico y lo cursi. Pero Donald Trump no es, ni por mucho, el primer gobernante que yerra en modificar el mundo a su modo. En nuestro puerto también se ha querido reescribir la historia al gusto de la clase dominante, y el resultado es igual de penoso.
Vayamos, primero, a los orígenes. odo estaba bien hecho desde el primer día en que los colonos altamirenses ocuparon la margen norte del río Pánuco y fundaron el nuevo puerto el 12 de abril de 1823. Trazaron la tierra en lotes exactos y después los repartieron. El nombre mismo encajaba con la ciudad naciente: Tampico, que significa “lugar de perros” en lengua huasteca.
A las primeras señales de bonanza se le creó un escudo de armas precioso, que incluía los siguientes elementos: un río, sin duda el Pánuco, y un hombre con sombrero que lo navega en canoa. Al fondo, unas lomas y un par de palmeras de penachos grandes. Sobre el cielo, una estrella de cinco picos, rutilante. Y, en primer plano, a la orilla del afluente, dos perritos, uno de los cuales está sentado. En la representación ubicada en el monumento al centenario de Tampico, el animal descansado mira al navegante y da la sensación de estar pensativo.
Este cuadro lo aprobaron los ciudadanos en sesión de Cabildo y después lo remitieron al Congreso, que finalmente lo reconoció como escudo oficial el 24 de noviembre de 1828.
El puerto de Tampico rápidamente se hizo famoso en México y el mundo. Los extranjeros que inmigraban le dieron un rostro agradable con sus casonas y edificios. Después de recorrerlo, los visitantes preguntaban: “¿Qué significa Tampico?”. Y respondían los locales: “Lugar de perros”. La toponimia les parecía curiosa, pero no disminuía la buena impresión de la ciudad.
Un día terminó el encanto; se retiraron los inversionistas extranjeros y muchos mercantes se fueron a otros puertos. Tampico tomó un aire pesimista, aunque todavía lo calificaban de “hermoso”. Eran tiempos mediocres, si no decadentes.
Corría el año de 1973 y un empresario, Joaquín F. Cícero, titular de la Cámara de Turismo, pidió al Ayuntamiento de Tampico que modificara el escudo de armas, 145 años después de validarse. El boceto entregado coincidía en casi todo con el original —el navegante, el río, las palmeras y la estrella—, excepto por un detalle: ya no había canes, sino nutrias.
El señor Cícero tenía el respaldo de otros tampiqueños fuertes para hacer este cambio, pero no la razón. Tampico no significaba lugar de nutrias. Entre los defensores del concepto original, lugar de perros, estaba Antonio Martínez Leal, primer cronista de la ciudad, quien publicó artículos con rigor científico para demostrarlo. Pero ese no era el deseo del grupo dominante del puerto, por más que faltara a la verdad. El 27 de marzo de 1973, el Congreso del Estado aprobó la modificación y desde entonces desaparecieron los perros del escudo municipal.
Escuelas y edificios públicos adoptaron este emblema en adelante; ahora aparecía un par de nutrias regordetas donde antes había unos canis lupus familiaris. Pero ni siquiera esta imagen se respetó. A veces, los anfibios miraban al paso de la canoa; otras, le daban la espalda.
En el fondo, las autoridades sabían que la reinterpretación era falsa. El siguiente cronista de Tampico, Carlos González Salas, en un esfuerzo por legitimar el cambio sin parecer deshonesto, lo justificó como una metáfora: “Tampico significa lugar de perros de agua, es decir, de nutrias”. Este acomodo respetaba la toponimia, lugar de perros, pero corregía el sentido literal porque, según otra mentira, las nutrias de lejos parecen canes.
En 145 años de vida nadie en el puerto confundió a un animal con otro, ni hay registro de tal equivocación. Los que empezaron el lío fueron los señores de la Cámara de Turismo en los años setenta.
—¿Por qué le cambiaron el significado a Tampico? —le pregunté a Aurelio Regalado Hernández, actual cronista de la ciudad.
—Porque no les gustaba “lugar de perros” —respondió—. Les parecía feo, degradante, y querían relacionarlo con algo bonito, a su parecer.
Fue así que la imagen del perro, ya de por sí maltratada en la cultura occidental como un ser que, abandonado, causa lástima, era despreciada por una minoría conservadora. Animados por este éxito, impusieron luego más falsificaciones a la ciudad.
Algunas de estas son visibles en monumentos, como la efigie del dictador Porfirio Díaz, colocada en un balcón del centro histórico, que honra la supuesta riqueza que trajo aquí; también, la estatua de Fray Andrés de Olmos en el bulevar López Mateos, como tributo a su labor en la huasteca, pero fuera de este municipio. Y la batalla de 1829, erróneamente definida como la consolidación de la independencia.
Ahora podemos dejar de reírnos de Donald Trump y sus caprichos geográficos. Es un rasgo del conservadurismo mundial reetiquetar los símbolos y darles un nuevo significado; la verdad histórica le importa poco. Los conocedores, junto con el pueblo, solo pueden ver a la élite reescribir la memoria como si reamueblara una residencia, en la que un sillón nuevo sustituye al viejo o al pasado de moda.
A veces, en el cielo nocturno, no brillan las estrellas o parecen no existir, porque las eclipsan las nubes negras. Pero ahí están y, aunque tarden, volverán a verse. Así sucede con la verdad histórica cuando la quieren borrar.
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