COMIENZA LA PROHIBICIÓN


El video de la canción Se nos fue la Pantera tiene 93 millones de visitas en la plataforma de Youtube y es uno de los favoritos de la gente; narra la historia de un hombre áspero que huyó de la pobreza y se volvió traficante.

Para los trompos fue bronco.

Ya ni un cabrón lo sacó, varios

Hocicos reventó en la escuela,

La última vez se brincó.

Dijo: No voy a hacerme rico

Trabajando de ocho a cinco.

La canción está infestada de los más groseros errores de versificación y sintaxis, pero la gente los tolera. El público se emociona con la historia del héroe criminal y la canta en coro; le fascina su ascenso a la riqueza y al poder. Para entonces sabe que tendrá un final violento.

Fue lluvia de balas

Se fue La Pantera

Muy a la mala.

Hoy se encuentra

En Jardines de Humaya.

Por mi desconocimiento tuve que rastrear cuál es el mencionado Jardines de Humaya, y me apareció el cementerio sinaloense que ha adquirido fama por las tumbas lujosas donde reposan los zares del crimen.

Del género regional o “bélico” sobresale en estos días El Dueño del Palenque, que es una alabanza a Nemesio Oseguera Cervantes, alias el “Mencho”, amo del Cártel de Jalisco Nueva Generación. La letra describe su origen, sus gustos y su poder.

Soy el dueño del palenque

Cuatro letras van al frente,

Soy del mero Michoacán,

Donde es la Tierra Caliente.

Soy el señor de los gallos,

El del cartel jalisciense.

Este corrido contiene información casi gráfica del arsenal del capo como para que el oyente imagine un desfile militar cuando lo escuche.

Las navajas las cambiamos

Por “erre” y cuernos de chivo,

Por “cincuentas” y antiaéreos

Y “monstruos” pa’ los caminos.

Canciones de este tipo no podrán tocarse más en conciertos públicos ni en los medios de comunicación, ya que el Gobierno Federal los ha relacionado con la apología del delito. Varios estados proscribieron su difusión y está en trámite una reforma al artículo 208 del Código Penal Federal para castigar a intérpretes y foros musicales que las toquen.

Según el diputado federal Arturo Ávila Anaya, de Morena, estos corridos “solo generan violencia”, y es momento de criminalizar su impulso. Estamos ante una prohibición, aunque no se utilice esta palabra.

Cuando la reforma se apruebe (no ha sido ni agendada en la Gaceta Parlamentaria) afectará también a películas, series de televisión, música, videojuegos y otras expresiones artísticas. De acuerdo con el diputado morenista, evitará “la normalización de la violencia”. Destaco entre comillas estas frases para volver después al punto.

Lástima que no se pueda prohibir el arte mediocre, defectuoso y desorganizado para disfrutar únicamente las obras perfectas. Sé de antemano que mi deseo es absurdo porque el arte, sin libertad creativa, no es arte. Tampoco tengo fuero para deslegitimar una obra artística. Por lo menos nos hubiéramos ahorrado el tormento de escuchar los corridos bélicos.

Mis gustos no coinciden con los del gran público y en una sociedad libre han de circular ideas y estilos variopintos. La canción El Dueño del Palenque, aunque me desagrade, es un éxito mundial; subió al número uno en el sitio LyricFind Global, de Billboard, y el interés por la letra aumentó un 232 por ciento desde que el grupo Los Alegres del Barranco la tocó en un concierto en marzo de este año, acompañada con imágenes del “Mencho”.

El homenaje al delincuente sacudió al gobierno mexicano e inició una campaña para condenar los narcocorridos. Ocurrió en el contexto de las amenazas de Estados Unidos de combatir la producción de fentanilo en territorio extranjero. Para empeorar el asunto, Washington afirmó que los cárteles de la droga dominan extensiones de México y a sus autoridades.

La violencia es un malestar de la humanidad y un problema para los gobiernos, pero el pueblo recurre al arte para aligerar los daños que provoca. Hace poco, con la intención de distraerme de los pesados informes que revisaba, me dediqué a leer viejos romances españoles; lo hacía antes de dormir y lo primero que percibí, entre la música de los versos, fue la violencia que cantaban. Casi desaparecía la crueldad de los episodios bajo la suavidad de su ritmo.

Historias atroces como la del rey que acosaba a su propia hija, de la hermana raptada por los moros, o de la chica que se disfraza de hombre para ir a la guerra porque sus padres tuvieron siete mujeres y ningún varón.

En el Romance de Isabel un hombre secuestra a una muchacha después de asesinar a su familia.

En el medio del camino

llora la niña Isabel.

-¿Por qué lloras, niña mía,

por qué lloras, Isabel?

Si lloras por tus hermanos,

por tus hermanos tres,

a tu padre y a tu madre,

también muertos los dejé.

Mientras huyen por el campo, ahogando su pesar, Isabel engaña a su raptor para que le entregue el puñal, y con este lo mata.

-  Dime para qué lo quieres;

dime cómo y para qué.

- Para partir una pera

que vengo muerta de sed.

Se lo ha dado del derecho

lo ha cogido del revés.

- Si tú mataste a mis padres

yo también te mataré.

En todas las épocas solo la poesía ha impedido sentir repugnancia por esta clase de acontecimientos. Aunque en el corrido Se nos fue la Pantera casi ni existe, el pueblo lo canta con el mismo gusto que en otro tiempo sintieron por el romance de Isabel. En belleza literaria el género bélico es inferior a este trabajo e incluso a otras piezas comerciales. Habría que voltear al huapango para hallar versos más elegantes sobre la muerte, la soledad o el desamor.

Entre los poemas narrativos más conocidos en España y más antiguos (data del siglo XV) está el romance de La muerte ocultada. Habla del caballero don Pedro quien, después de volver de caza, cae mortalmente enfermo. En su agonía, pide que oculten su deceso a su esposa durante cuarenta días.

Doña Alda (la esposa) acaba de parir un niño al lado de la habitación donde muere don Pedro, pero ella ni se entera. En el ambiente, hay señales de que algo malo ocurre y ella pregunta a la familia, intrigada:

—Diga, diga, la mi suegra,

dígame, mi siempre amiga,

¿por quién tocan las campanas,

que suenan tan doloridas?

—No tocan sino por ti,

que con bien parido habías.

—Paréceme oír responsos,

¿a quién a enterrar irían?

—Es la fiesta del patrono

y hay procesión en la villa.

Entre la inocencia de doña Alda y las mentiras de la suegra hay un juego agradable a medida que improvisan respuestas para ocultarle la verdad. Finalmente, la engañada se entera de que ha enviudado y su reacción es patética.

¡Llorar como ella lloraba!,

¡plañido el que ella plañía!;

los anillos de sus dedos

con sus dientes retorcía.

Si el pueblo ha cantado por siglos estos romances, si el pueblo hoy exalta en sus canciones a un personaje que mata sus amigos o a un peón que se eleva a la categoría de señor, es porque cautivan su imaginación y alteran su mundo. Eso tiene que salvarse del olvido, eso tiene que pasar de generación en generación. Se escriben corridos y romances como el historiador escribe crónicas y memorias de otro tiempo y lugar. Los compositores no crean héroes: los retratan.

Por eso el enfoque del diputado morenista, que pide castigar los narcocorridos, no puede ser más falso. Afirma que “solo generan violencia”, pero eso es un sinsentido. Ninguna canción controla la voluntad de la gente para volverla agresiva: la violencia llega de los criminales que hostigan a los ciudadanos y, en gran parte, por la falta de justicia; hay que detener a sicarios y secuestradores en vez de atacar a músicos y canales de comunicación.

Los corridos bélicos tampoco suponen “la normalización de la violencia”.  ¿Hay alguien que aún no sepa que la violencia es un hecho cotidiano en este país? Solo en México es “normal” que los inadaptados decapiten a un alcalde semanas después de comenzar el cargo. Solo aquí a una policía honrada (en San Luis Potosí, para más detalles) le asesinan a sus tres hijos por haber delatado a unos agentes coludidos con los criminales. ¿Van a censurar estos casos porque normalizan el horror? ¿Ahora informar es peor que matar?

Con la ley de marras, los narcocorridos se prohibirán, pero no la violencia real. Bien mirado eso también merece una canción; una de protesta, por supuesto.

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