
Aunque las noticias falsas han afectado a
todos sin excepción, incluso a la presidenta de México, los más perjudicados
siempre serán los ciudadanos, ya que la presión colectiva los empuja al
prejuicio, al odio y al miedo.
Además, una autoridad, si fuera el caso, tiene los recursos para enfrentar campañas de desprestigio o linchamiento. En cambio, las personas de la calle, cuando las alcanzan estos ataques, terminan aplastadas en una lucha desigual.
Entonces, el enemigo común del gobernante y el gobernado es la mentira, y el campo de batalla, las redes sociales.
La mentira, pues, divide, agrede, desgasta, y es capaz de destruir el frágil equilibrio de una sociedad. No podemos ignorar este vicio por el hecho de que ocurra con más frecuencia en otros lugares; también en Tampico y la zona conurbada se presenta la barbarie digital.
Ahora, un grupo de informadores locales (Colectivo de Periodistas, Coper) busca enfrentarla. “El periodismo en Tamaulipas -dice en un comunicado- se ve amenazado por la proliferación de páginas de Facebook y perfiles anónimos que desinforman, carecen de rigor y compiten deslealmente”. Imposible negarlo: hay cientos de ejemplos ante nuestros ojos.
“El periodismo se basa en la verdad y el respeto. Por eso el periodista genuino, el de vocación auténtica, exige lo mismo -continúa el manifiesto-, el respeto de aquellos que saben que sus encomiendas los someten invariablemente al escrutinio público”. Párrafos como este me hacen sentir afortunado de ser amigo de Coper, porque ponen los puntos sobre las íes en el tema de la manipulación informativa.
Sin embargo, líneas más adelante me dejaron perplejo: “Proponemos la urgente creación de un Registro Estatal de Periodistas y Medios de Comunicación”.
La primera parte es muy acertada: la facilidad de esparcir mentiras en redes sociales arruina la correcta relación entre ciudadanos y medios de comunicación; lo suscribo. Pero la segunda no solo es simplista, sino que resulta indeseable.
La base de nuestro trabajo es la libertad. ¿Cómo vamos a pedirle al gobierno que legitime quién es un informador y quién no lo es? Un padrón o lista de “medios autorizados” es prácticamente el sistema de control que imponen las dictaduras a la prensa libre.
Como periodistas, no necesitamos el permiso de nadie. Lo somos porque nos hemos preparado para ejercer la libertad de expresión, que es un derecho humano fundamental.
México busca crear un gran país para su gente y el motor de esta empresa son, precisamente, los derechos humanos, que no dependen del aval ni la aquiescencia del Estado para ejercerse. El constitucionalista Jorge Carpizo afirma que el sustento de estos derechos es la dignidad de la persona. “Principio universal, porque la historia de los pueblos coincide en su lucha por hacerlo objetivo. La dignidad de la persona como principio superior que ningún ordenamiento jurídico puede desconocer” (Carpizo McGregor, Jorge, Derechos Humanos, Revista Mexicana de Derecho Constitucional Núm. 25, julio-diciembre de 2012, pág. 5).
Entonces, al pedir “autorización” al gobierno para ser un “periodista real”, estamos tácitamente renunciando a esta dignidad de que gozamos como seres libres.
Siempre estaré del lado de mis colegas y hago propia la preocupación de mis amigos de Coper por la invasión de páginas falsas y malintencionadas, y la necesidad de desenmascararlas. Pero la solución no está en la reglamentación del periodismo, sino en sacar a la luz los negocios que usurpan el lugar de los comunicadores profesionales.
El problema que tenemos enfrente es la opacidad, el ocultamiento de contratos y relaciones comerciales que sostienen algunos gobiernos con páginas de dudosa procedencia. No son los periodistas los que deben exhibirse en registros oficiales para ser creíbles; son las autoridades las que deben rendir informes de sus relaciones con la prensa, por ejemplo, de los medios contratados para fines publicitarios. La publicidad es un servicio legítimo y genera ingresos fiscales al país, pero puede alojar empresas “fantasmas” para desviar recursos, como sucede con cualquier proveedor.
Y si las mentiras son un vicio intolerable, los secretos son un fraude y una burla para el ciudadano. Cada vez que una administración pública omite información, está maquinando en contra de las personas, las familias y las empresas que gobierna.
Realmente, estamos rodeados de secretos, como el Teleférico de las Huastecas, el Hotel de cinco estrellas en la Laguna del Carpintero o el polémico Viaducto Elevado; solo conocemos el nombre de esos proyectos. Lo demás es silencio.
Podemos extendernos a los procesos de licitación, cuyo resultado también es un enigma, ya que nunca publican el nombre del ganador. Muchos creen que estos errores se deben al bajo perfil de los funcionarios; así que conviene esperar.
En cambio, para las mentiras y los secretos el tiempo se acabó. Confío en que los buenos gobiernos se pongan del lado de los derechos, que es estar del lado de la gente.
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