LA MENTIRA Y EL PERIODISMO


Las sociedades abiertas necesitan periodistas, personas dedicadas a expresar información verdadera. Eso es más que suficiente para contribuir al cuidado que los ciudadanos deben dispensarse mutuamente. Los cronistas salen a escuchar y ver a todas partes porque la gente está volcada al trabajo, al hogar, sujeta a mil responsabilidades, y no tiene tiempo de saber si lo que oyó o sucedió es verdad. El beneficio es enorme si los informadores cotejan la veracidad del discurso gubernamental.

Un ciclón en ciernes, una fuga tóxica, un brote epidémico, comunicados con claridad y certeza, demuestran el valioso trabajo del informador profesional y el delicado servicio que presta. Un retraso en temas de este tipo, incluso una censura, pueden ser la diferencia, en casos extremos, entre la vida y la muerte.

Algunos periodistas sueñan con la fama y aspiran a revelar los secretos escondidos de los poderosos. Esas historias causan sensación y gran alboroto, y ciertamente dan fama, pero tienen que ver más con la ambición personal que con la finalidad del oficio. También la vanidad ahoga a miembros de la prensa.

Así, destituir funcionarios o llevar a la cárcel a un gobernador, gracias a una publicación periodística, no debe ser obsesión ni darle sentido a esta labor, aunque eso fortalezca la cultura de la legalidad. Lo primero, como decíamos, es presentar información verdadera, y en ello está pagada la deuda con este país, tantas veces engañado por gobiernos pasados y presentes.

“No de gloria, de honor es nuestro puesto”. Me gusta esta idea, que he tomado de un verso publicado hace largo tiempo, en el siglo pasado. Acá es igual; el honor que nos corresponde -alto, por cierto- es publicar informes verdaderos. Y disculpen si hablo ahora en primera persona del plural.

Algunos periodistas desentierran casos de corrupción y hacen girar la rueda de la historia. Pienso en Watergate y en el escándalo de Ricardo Cavallo, el represor argentino con cara de buena persona. Este periodismo trae progreso y libertad. Pero, en ejemplos de esa magnitud, que salen de la esfera superior del poder, todo comienza con una filtración de prensa, no con la inspiración del reportero ni con su talento personal.

Bienvenido, pues, el periodismo de ocho columnas, de alcance nacional. Pero, bienvenido sobre todo el periodismo diario, local, de campo, que responde a la pregunta: “En esta ciudad, ¿se vive bien? ¿Hay educación, empleo, seguridad? ¿Ganan todos o unos cuantos?”.

Hoy, más que nunca, el país necesita de periodistas que publiquen informes verdaderos, aunque lo mismo recomendaría a Estados Unidos, si no es que principalmente.

El hombre más poderoso del mundo es un mitómano y representa un peligro para todos. Miente a sus ciudadanos, a las empresas y a sus aliados. Se dirá que la política nunca ha estado exenta de mentiras, pero antes, por vergüenza pública, se solía pedir disculpas y corregir un error expresado; recapacitar era un acierto político. Con Trump desaparece todo viso de remordimiento y hasta se ufana de decir absurdos, y esto nos consta.

Mintió cuando culpó a Zelensky de provocar la guerra (verdad: Rusia invadió Ucrania).

Mintió cuando dijo que las vacunas provocan autismo (verdad: se han asociado 100 genes y una combinación factores ambientales).

Mintió cuando dijo que la mayoría de los canadienses aceptaría que su país sea el estado 51 (verdad: al contrario. Una encuesta de Leger reveló que el 82 por ciento de estos ciudadanos rechaza ser parte de Estados Unidos).

A Putin lo calificó de “algo inteligente” y a Zelensky, de “dictador”. Es el mundo al revés, pero sin gracia y de malos presentimientos.

Ante estas patrañas la única respuesta aceptable es la información verdadera, preparada con cuidado y rigor por un profesional.

La concentración de poder ha enloquecido a mandatarios como Donald Trump y llena de mentiras el ambiente. Puede parecer gracioso a primera vista, pero resulta fatal para millones de personas, quienes pagan las consecuencias de estos engaños.

Parece haber una relación directa entre la mendacidad, las dictaduras y los autócratas, ya que la comunicación “trumpista“ se confunde con la de Vladimir Putin, Javier Milei, Daniel Ortega y Nicolás Maduro. El caso mexicano merece un estudio separado (por suerte, no somos una dictadura, pero se mintió mucho). Según la agencia Spin, de Comunicación Política, López Obrador dijo en promedio cien mentiras por cada conferencia de prensa. Esto es espantoso, porque el tabasqueño ofreció 1435 conferencias (agréguese dos ceros y se tendrá el total de mentiras).

López Obrador se ha ido, pero los demás siguen en el cargo y toman decisiones diariamente en perjuicio de los más pobres, aunque digan servirlos.

Trágicamente, el estilo autoritario de Trump se ha mimetizado en gobiernos estatales y municipales de nuestro país, donde se expresan ciertos compromisos, pero se realizan los contrarios, sobre todo en temas del agua, corrupción, espacios públicos y protección ambiental, sin excluir los económicos.

Estamos en una etapa en la que las libertades ganadas en un siglo podrían perderse o menguar hasta lo fútil. Cada vez que aumentan las mentiras, bajan estas libertades.

En esta circunstancia, hay que volver al trabajo de los periodistas dedicados a publicar informes verdaderos, es decir, demostrables y fundados, que no pretenden derrocar gobiernos, como afirman los líderes mediocres, sino hacer un mundo más civilizado.


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