LOS OVNIS DE CIUDAD MADERO


El uso de mitos sirve para elevar la moral de los pueblos y cohesionar sus aspiraciones. La veracidad de estos relatos no merece gran preocupación si preservan lo más valioso del lugar y lo dignifican. Pero hay algunos que son molestos como plaga de moscas, y uno de ellos son los ovnis.

El tema de los platillos voladores ha tenido un nicho más o menos claro desde su aparición: shows de TV, publicaciones sensacionalistas y películas de ficción, es decir, la industria del entretenimiento; es idóneo para gastar las horas de descanso o aburrimiento.

A pesar de su fascinación, queda fuera de las universidades y los centros de investigación más allá de etiquetar alguna fotografía de “inexplicable” o de dictar alguna conferencia sin conclusiones claras.

Más aún, la televisión abandona de vez en cuando el tema o lo pone en reposo porque el público expresa fastidio de sus clichés. Hay épocas sin interés en los ovnis y épocas de auge, como parece ser el caso en Ciudad Madero.

De un tiempo a acá se ha insistido en que la costa de la zona conurbada está protegida por seres extraterrestres, y que esa es la razón de los avistamientos en playa Miramar. La fuerza de este chisme ha sido tal que la compañía Netflix le dedicó un capítulo de sus programas internacionales.

Ahora, las autoridades maderenses buscan sacar provecho de esta creencia para enlazarla con la identidad municipal y convertirla en algo así como la casa de los alienígenas verdes, cuando siempre ha sido la urbe petrolera.

Parece que el mito de la riqueza petrolera, pleno de acontecimientos históricos y significado, quiere ser desplazado por uno sin raíces ni valor cultural. Es como cambiar una moneda de oro por una piedra pómez. ¿En qué se dignifica Ciudad Madero con un cuento de platillos voladores?

El mundo necesita mitos que le den sentido y destaquen su valor. A mí, en lo personal, me gusta el mito fundacional de Atenas y este asunto me lo ha recordarlo. En pocas palabras, cuenta lo siguiente.

Hace miles de años, una tribu buscaba fundar una ciudad y provocó una competencia entre Atenea, diosa de la sabiduría, y Poseidón, dios de la guerra. Los dos querían ser los protectores del nuevo asentamiento, pero solo uno lo sería.

Para ganarse al pueblo, Poseidón les ofreció un manantial. Por su parte, Atenea les creó un olivo.

Los pobladores eligieron el regalo de Atenea y desde ese momento se convirtió en la diosa tutelar. En su honor, llamaron Atenas a la ciudad.

Pero Poseidón enfureció por el resultado y estuvo a punto de causar una desgracia. Para contentarlo, el pueblo le prometió que las mujeres no tendrían derechos como ciudadanas, y eso tranquilizó al inmortal.

En lo interior, los atenienses lamentaron el sacrificio, pero solo así se ganaron el favor de la diosa de la ciencia. Las iras masculinas son desastrosas desde la antigüedad y es mejor contenerlas a cualquier precio.

En cambio, el mito de los ovnis no contiene más que amarillismo y escándalo; en décadas, casi un siglo, no ha tenido un solo avance que confirme su discutible origen alienígena. Ni siquiera el reconocimiento de expedientes militares en Estados Unidos ha permitido validar su existencia. El más ferviente promotor del tema, el congresista Tim Burchett, del partido Republicano, solo puede remitir a un relato más: “Me lo dijo un almirante”.

En Ciudad Madero sucede exactamente lo mismo. El elotero, el pescador, el obrero, el vigilante, incluso el profesor, han afirmado la presencia de platillos voladores en playa Miramar; hay cientos o miles que comparten este parecer, pero nadie tiene la mínima prueba de lo que dice.

Por estas razones, resulta patético que la autoridad maderense quiera promover el municipio como refugio extraterrestre para atraer turistas. En realidad, playa Miramar no necesita más publicidad que ella misma, con su arena blanca y olas tranquilas. La belleza de este balneario ha captado hasta medio millón de visitantes en temporadas altas. ¿A quién busca agradar con el mito de los hombrecitos verdes?

Pues bien, las personas empeñadas en hablar de ovnis, según pude averiguar, sufren el Trastorno Esquizotípico de la Personalidad (TEP), del que hay información en la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos.

Más que enfermedad, el TEP es una forma de inadaptación social, de acuerdo con la literatura médica. Se caracteriza por tener “preocupaciones o miedos inusuales”; supongo que los especialistas quisieron decir raros, porque a continuación lo define por “tener creencias (raras), como los extraterrestres”.

Según la evidencia clínica, el comportamiento de estas personas es el siguiente: incomodidad en situaciones sociales, ausencia de amigos cercanos, manifestación inapropiada de sentimientos, creencias, fantasías o preocupaciones extrañas y manera extraña de hablar.

Así, por donde se vea, carece de cualquier virtud el uso de esta creencia para promover la ciudad. A pesar de las imágenes asombrosas que circulan, hablar de ovnis es la ocupación más estéril, ingenua y vacía que hay ante los grandes retos de la actualidad, como el desempleo, la inseguridad y la carencia de servicios de salud.

Ciudad Madero es un lugar privilegiado histórica y culturalmente; no necesita patrañas para llamar la atención de viajeros. Pero, si insisten con el bulo de los marcianos, tendrán el mérito de convertirse en el hazmerreir del país por decisión propia.

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