UNA HISTORIA CON DOS FINALES


 

Desde la antigüedad, la pesca ha atraído a personas humildes que buscan ganarse la vida con la sola fuerza de sus manos.

Así que no todos son grandes negocios en la cosecha marina; también hay miles que empacan, limpian o manejan el producto por un poco de dinero, como las despicadoras de Tampico.

¿Qué significa la frase ‘un poco de dinero’? En el caso de las limpiadoras de camarón, apenas 100 pesos diarios en temporada baja. Las pobres luchan con el estrés económico para ajustar el gasto a esa cantidad. Y la temporada baja, por cierto, no es corta: dura cuatro meses.

Las despicadoras son parte esencial de la industria pesquera local y su fuerza ha aumentado en los últimos años. En 2018 se contabilizaban dos mil; en 2024, se estiman 2,800 personas.

Esto puede deberse a dos factores: a que el sector ha crecido y requiere mayor mano de obra, o a que la pobreza subió y se refugia en actividades primarias como la pesca.

La evidencia nos hace creer que se debe más a lo segundo, ya que la economía de Tampico y el país se ha desacelerado desde la pandemia y no ha remontado la caída.

Los números no engañan y menos los del INEGI: Tampico es la zona urbana con la tasa de desempleo más alta del país, de 4.7 por ciento al tercer trimestre de 2024, que es el último dato del ENOE. También, en nuestra ciudad, el trabajo mal remunerado es grande: 43 por ciento de los empleados locales, sobre todo en el comercio y los servicios, gana dos salarios mínimos.

Por lo tanto, hay un grado serio de vulnerabilidad entre las personas contratadas en estos sectores, y probablemente las despicadoras sean las que más batallan con estas condiciones; el futuro no les prometía nada hasta que actuó el gobierno de Tampico.

La licenciada Mónica Villarreal, presidenta municipal del puerto, puso en sus manos el proyecto NODESS (Nodos de Impulso a la Economía Social y Solidaria), término un tanto rimbombante para referirse a un programa de enseñanza con fines de emprender pequeños negocios.

Se trata de una iniciativa ideada por el Instituto Nacional de la Economía Social, que aún no llegaba a Tampico y que ya hacía falta.

La alcaldesa tuvo el acierto de agrupar a las universidades locales, como el ITESM, el IEST, el ICEST o el Tecnológico de Madero, en torno al proyecto. Ellas capacitarán a las despicadoras en la elaboración de mercancías y les enseñarán a administrar sus empresas.

Son muchos los productos derivados del mar que pueden aprovecharse, como dijo la presidenta municipal. Por ejemplo, en la zona conurbada no se produce miel de mangle, que es un alimento de gran demanda en lugares como Yucatán y que no ha entrado de lleno al mercado local.

Para las despicadoras, gente tenaz y decidida, basta con un poco de entrenamiento para que florezca su potencial y tengan éxito en sus planes, ya que el trabajo pesado no las asusta.

Este podría ser otro año de duras jornadas y escaso dinero para las limpiadoras del crustáceo; pero, gracias a la iniciativa de la presidenta municipal, crecerán sus oportunidades económicas y atenderán mejor a sus familias.

El 2025 ha empezado bien para las despicadoras.

OTRAS HISTORIAS

Alrededor de Tampico circulan otros grupos vulnerables que procuran atrapar algunas monedas del movimiento económico local, como floristas, lustradores de calzado y vendedores callejeros.

Tenemos el caso de la señora María, quien prepara elotes en la zona centro para sostener a su familia. Es analfabeta, pero sabe dar el cambio.

A diferencia de las despicadoras, María debe vender 40 vasitos para ganar 100 pesos libres. Y eso, en la situación económica presente, es luchar contra molinos de viento.

En diciembre pasado, un inspector municipal llegó a su puesto:

-Señora -le dijo-, vengo a cobrarle el permiso mensual: son mil pesos.

-¿Cómo? Pero si pago 150 al mes…

-Ahora son mil pesos -explicó el funcionario-. Vengo de estar con otros eloteros; todos han pagado ya.

La señora María se quedó pensativa. Luego, buscó en su bolso y comenzó a desenrollar billetes de 20, de 50 y de 100. Juntó dos mil pesos y le dijo al cobrador:

-Le pagaré el mes y adelantaré uno más, no quiero preocuparme por eso. ¿Me puede hacer un recibo por los dos meses?

-Con mucho gusto, señora -dijo el recaudador.

El hombre tomó el dinero y enseguida comenzó a escribir en la boleta municipal. La señora María lo miraba en silencio. Todo parecía estar bien.

Al siguiente día, cuando la señora María mostró su boleta a otra vendedora -pues hay que recordar, es analfabeta-, la compañera notó de inmediato una diferencia importante: el recibo no cubría dos meses de permiso sino uno. El inspector se había quedado con los otros mil pesos.

Los jugueros (nuestros vendedores de jugos de naranja) no la pasan mejor. A uno de ellos lo visitó un representante de Servicios Públicos o Protección Civil (no recuerda el área) con la intención de notificarle las nuevas tarifas.

-Estas cáscaras ya no las puedes poner aquí -le dijo-. Te cobraremos una cuota por recogerlas.

-Pero si están metidas en bolsas y mantengo limpio el lugar -respondió el vendedor.

-Es por reglamento. Si no, tu permiso podría cancelarse.

El hombre de los jugos preguntó:

- ¿Cuánto tengo qué pagar?

- Seiscientos pesos mensuales -le respondió.

- ¡Seiscientos pesos! ¿Sabes cuánto tengo qué vender para sacar eso? Y a mí, ¿cuánto me va a quedar? ¿Lo sabes?

Pero el funcionario no lo sabía.

Sería conveniente estudiar la rentabilidad de estos micro negocios (eloteros, jugueros, vendedores de golosinas o flores), para ajustar a eso el costo de los permisos. Porque las tarifas se podrán actualizar al valor internacional, si usted quiere, pero si las ventas son bajas, estas personas no podrán cubrirlos ni con amenazas.

Otra denuncia provino de un despacho de contabilidad al que un recaudador le propuso pagar tres mil pesos mensuales por recolectar la basura. Eran unos cuantos archivos muertos que cabían en el bote, no una montaña de desperdicios ni de pestilencias.

En todo este asunto, los más angustiados son los vendedores de botanas, dulces y globos, incluso los boleadores que trabajan en las esquinas o las plazas.

Para ellos, los inspectores son una carga inflacionaria para sus micro negocios que, por cierto, nadan en aguas peligrosas. La economía del país cerró con saldo negativo de -0.6 por ciento (INEGI, cuarto trimestres de 2024) y el consumo está deprimido al inicio del año. Justamente por eso reciben el nombre de grupos vulnerables, porque no tienen la solidez para resistir la inestabilidad económica.

El 2025 ha empezado mal para ellos.

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