Nunca juegues al comunicador si
desconoces las consecuencias del mensaje.
Esta moraleja quedará por mucho tiempo en la memoria de periodistas y funcionarios después de los sucesos ocurridos en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Antes de continuar, conviene hacer un repaso de los mismos.
A las 12:00 horas del martes 22 de abril, apareció la noticia en redes sociales: José Luis Aranza Aguilar, delegado del Seguro Social en Tamaulipas, había sido detenido por la Guardia Estatal, incluso esposado, en la zona centro de Ciudad Victoria.
Los policías le hallaron un arma de fuego y mucho dinero en efectivo, cerca de tres millones de pesos, según las mismas publicaciones.
Para reforzar el mensaje, circularon fotografías con la evidencia: una valija, fajos de billetes y una pistola. Este cargamento iba dentro de la camioneta del delegado.
En ese momento, solo páginas
desconocidas divulgaban la información, pero en pocos minutos llegó a medios
nacionales y se extendió por el país. Tres aspectos destacaban: era una
investigación de la Guardia Estatal, al delegado lo vinculaban con casos de corrupción
y el objetivo era resolver el desabasto de medicinas.
La gente se entusiasmó con esta versión y descargó su ira contra el funcionario, atrapado todavía con el botín. Cayó un pez gordo, dijo la gente. Pasada una hora, acaso dos, ocurrió lo inaudito: el delegado salía libre y alababan su honestidad. Los policías, en tanto, se convertían en criminales; se les acusaba de “sembrar” evidencia, es decir, de meterla al vehículo del funcionario para incriminarlo falsamente.
A José Luis Aranza Aguilar lo respaldó la misma Presidenta de México, sin prejuzgar cuál de las partes mentía. Sin embargo, dejó claro que ella, como gobierno federal, estaba con el delegado que acababa de enviar a Tamaulipas apenas en diciembre.
Por su parte, los policías estatales, los que gustosos detuvieron una camioneta sospechosa con dinero y un arma, se quedaron solos. Ni un perro les ladró.
Al margen de las investigaciones, es evidente que el delegado del Seguro Social tiene un enemigo formidable en Tamaulipas, ya que logró detenerlo con ayuda de la Guardia Estatal. Y eso da la medida de su poder.
Hubo un ‘pitazo’, todos concuerdan, y los policías cayeron sobre José Luis Aranza Aguilar. Quizás realmente son héroes; quizás el delegado es la víctima. Ya lo sabremos.
Pero los daños que dejó el golpe mal planeado lo pagarán las autoridades estatales, con la policía como primer responsable. Hay tres repercusiones principales en este asunto.
Primero: utilizar a la Guardia Estatal para vengarse de alguien (sea o no un delincuente) afecta la imagen del Gobierno de Tamaulipas.
Segundo: disminuye la credibilidad ciudadana en la Guardia Estatal.
Tercero: pone en duda la estrategia del Gobierno del Estado en materia de seguridad (certeza, legalidad y transparencia).
A eso conducen unas fotografías pésimamente usadas. Lo que se comunicó ahí, en vez de ayudar, perjudicó. Ahora el Gobierno de Tamaulipas aparece como un agresor del Gobierno Federal.
Señoras y señores alcaldes de esta región y allende nuestras ciudades: dejen en manos de un comunicador profesional el manejo de su imagen. No elijan ustedes la foto, el dron o el meme; ni siquiera las palabras dichas en público.
Las imágenes, ya lo ven, son poderosas, agitan fácilmente las emociones. Eso significa tanto lo bueno como lo malo, que una postura de más o un exceso de información, siquiera leve, puede ser penoso. Es tan fácil caer en el ridículo.
Fotografiarse con una máscara de marciano es ridículo.
Fotografiarse en primer plano con pose de cumpleañero, delante de patrullas nuevas para la ciudad, es ridículo.
Fotografiarse con la familia en giras oficiales, fuera del municipio o en otros países, es ridículo.
Hay muchos malentendidos en el uso de estos recursos. Otro es creerse comunicador por hablar bonito de alguien. Conozco la finalidad del oficio, pero preferiría que me consultaran en privado sobre el tema.
Una foto reveladora basta para causar un conflicto institucional, como la imagen de una pistola y unos fajos de billetes.
Moraleja: nunca juegues al comunicador
si desconoces las consecuencias del mensaje.

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